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Dije 'nada de citas' en la semana de bienvenida — duró 9 días

Mar 14, 2026 • 6 min de lectura
Dije 'nada de citas' en la semana de bienvenida — duró 9 días

Llegué a la ciudad nueva diciéndome que este año no iba a salir con nadie. Duró nueve días. Esta es la historia.

Septiembre. Llego a la residencia universitaria en Barcelona con tres maletas y una promesa silenciosa: este año no salgo con nadie. Necesito enfocarme en los estudios, hacer amigos de verdad, descubrir la ciudad. El amor, el chat, la app — todo suspendido hasta junio mínimo.

Duró nueve días.

Por qué me había jurado no salir

Venía de un año mediocre en otra ciudad. Dos casi-relaciones que no arrancaron, tres matches que terminaron siendo desastre, semanas enteras invertidas en chats que no iban a ningún lado. Cerré el año pensando que el problema era yo — que me distraía fácil, que no me enfocaba en lo que realmente quería.

Entonces decidí que este semestre iba a ser distinto. La aplicación borrada. El 'enfocada en mí' anunciado a mis amigas del grupo de WhatsApp como si fuera un anuncio público que me comprometiera. Me felicitaron como si hubiera dejado de fumar.

La semana de bienvenida

En la universidad, la semana de bienvenida es diseñada como una máquina de conocer gente. Actividades todos los días, fiestas todas las noches, grupos de WhatsApp para cada cosa. Imposible aislarse. Ni yo quería, realmente — la parte de 'hacer amigos' del plan era legítima.

Día 1: integración en mi facultad, todo formal, conocí a cinco personas de clase. Día 2: cena en la residencia, me senté con un grupo nuevo. Día 3: fiesta de la residencia. Ahí empezó el problema.

El chico que no era el chico

En esa fiesta había un chico que era bastante evidente. Todo el mundo lo miraba, estaba con la guitarra, tenía esa energía magnética de primer año. Lo anoté mentalmente como 'peligro predecible' y me alejé.

Me quedé hablando con otro chico en la cocina. Él estaba lavando unos vasos — no para seducir, sino porque estaba aburrido de la fiesta. Me preguntó de dónde venía. Le conté que había tomado un tren de 5 horas para llegar a Barcelona y que no había dormido. Se rió. Me dijo que él también había llegado hace dos días pero desde Bilbao. Hablamos 40 minutos de nada importante. Me fui a dormir temprano.

No pensé en él al día siguiente. Lo juro. Fue un momento bueno pero genérico, de los que pasan en las fiestas y se olvidan.

Día 5: lo vi otra vez

En el comedor. Estaba solo con su bandeja, leyendo algo en el teléfono. Le saludé con la cabeza. Me vio y me hizo señal de que me sentara. No tenía ganas de comer sola tampoco, así que fui.

Hablamos otra vez. Esta vez ya de cosas más reales — carreras, por qué elegimos Barcelona, a qué le tenía miedo (yo: no encontrar amigos de verdad; él: no resistir la distancia con su familia). Terminamos la cena en 90 minutos cuando el comedor ya había cerrado. Al irnos me preguntó mi Instagram, yo dije que no uso mucho (mentira parcial), y le di el número directo.

Esa noche me escribió. Pregunta inocente sobre un evento de la residencia. Contesté. Cinco mensajes ida y vuelta y me di cuenta de que la app la había borrado pero ya estaba chateando con un chico que conocí hace menos de una semana. Mi 'año sin citas' se estaba muriendo sin que yo hiciera match.

Día 7: la culpa

Le escribí a mi mejor amiga un audio de siete minutos explicándole que quizás sí iba a salir con un chico que conocí, pero que técnicamente no era una cita, era solo una persona que conocí orgánicamente, lo cual era diferente, y que la promesa era de apps, no de personas reales, y así sucesivamente.

Ella me contestó con una palabra: 'claro'. El tono era devastador.

Me di cuenta ahí de lo que estaba haciendo. La promesa original no era específicamente 'no uses apps'. Era 'no te distraigas de los estudios con temas románticos'. Pero estaba a punto de racionalizar que esta distracción era distinta porque había empezado sin una aplicación de por medio.

Día 9: café, o lo que fuera

El sábado quedamos a tomar café en un sitio cerca de la universidad. Yo llegué con la promesa intacta todavía, en mi cabeza, de que esto era simplemente 'conocer a un compañero de residencia'. Volvimos a hablar dos horas. Al irnos me dio un abrazo que duró tres segundos más de lo normal.

En el camino a la residencia entendí que había fallado completamente. Y entendí también por qué la promesa era absurda desde el principio.

Lo que aprendí de fallar rápido

La resolución de 'no salir con nadie' no se rompió porque yo sea débil. Se rompió porque estaba mal formulada. No podés prometerte 'no conectarte con nadie' cuando estás en un ambiente que está literalmente diseñado para conectar gente nueva. Es como prometer no pensar en elefantes.

La resolución correcta hubiera sido: 'no voy a priorizar a nadie por encima de mis objetivos académicos'. Eso sí lo puedo cumplir. Porque admite que las conexiones van a pasar, pero me da criterio para manejarlas.

Qué pasó con el chico

Seguimos juntos hace ocho meses. No es mi prioridad, pero es parte importante de mi vida. No me impidió aprobar todas las asignaturas (de hecho sacó mejor nota que yo en Análisis Matemático y me enseñó los ejercicios más difíciles). No me hizo cancelar planes con amigas, no se puso celoso cuando quise ir a un festival sola.

Cuando la relación es con alguien equilibrado, no te come la vida. Solo la mejora. Pero eso solo se puede saber en retrospectiva.

La lección que le daría a mi yo de septiembre

No hagas promesas categóricas sobre áreas importantes de tu vida. Hacé promesas sobre criterios. 'No voy a invertir en alguien que no me devuelva el mismo nivel de esfuerzo' es mejor que 'no voy a salir con nadie'. 'Voy a darme una semana de pausa después de una mala experiencia antes de empezar otra' es mejor que 'este año me olvido del amor'.

La promesa absoluta te hace sentir virtuosa al principio y culpable al cumplirla mal. La promesa de criterios te hace aprender.

Y una cosa más

Si estás por empezar un año importante y te estás prometiendo 'nada de citas', preguntate qué te asusta realmente. Si es perder el tiempo, promételo con palabras más precisas. Si es volver a sentirte mal por alguien, promételo con otras palabras también.

La promesa 'nada de citas' suele ser un escudo contra una ansiedad más concreta. Nombrala. Ya sin el escudo, es más fácil vivir.

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